Migración, patria y crisis transcultural: una mirada desde Alemania

Sol Marina Garay

Doctora en Literatura, Universidad Autónoma Madrid - España.

Autora Abandono y Encuentro (2013), Editorial Universidad de Santiago de Chile

Hoy en día, en Chile está creciendo cada vez más la población de inmigrantes y con ello, la necesaria reflexión acerca de la convivencia con el Otro -en apariencia “distinto”- se vuelve presente y crítica. En este sentido, resulta pertinente la propuesta de la activista, escritora y abogada alemana Seyran Ateş en cuanto a abrir el debate sobre el concepto de patria y a la idea de la transculturalidad como una oportunidad de encuentro y enriquecimiento.

En torno a la población de inmigrantes en Alemania se ha reflexionado bastante en las últimas décadas. Pues, pese a que los primeros “Gastarbeiter” (trabajadores invitados, en alemán) -primer grupo masivo de extranjeros que llegó a Alemania tras la II Guerra Mundial- llegaron entre la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, aún el tema de la integración de la población de origen migrante es una problemática que constantemente sale a la palestra en el debate político, social e intelectual de este país. Actualmente, ya no se trata sólo de la primera generación de inmigrantes, sino que el debate se centra, más bien, en las segundas y terceras generaciones. Es decir, en los hijos e hijas o en los nietos y nietas de quienes un día, por diversos motivos, salieron de sus países de origen con rumbo a Alemania. Dentro de este grupo, encontramos a la reconocida abogada y escritora alemana de origen turco Seyran Ateş (Estambul, 1963), quien publicó en 2013 un libro tituladoWahlheimat. Warum ich Deutschland lieben möchte –en español: Patria elegida. Por qué deseo querer a Alemania-, donde reflexiona acerca de la libertad y la convivencia entre los seres humanos de procedencia y nacionalidad diversa.

Ateş, quien además es una destacada activista en el ámbito de los derechos humanos y las minorías étnicas en Alemania, entiende el concepto de transculturalidad siguiendo la definición del filósofo alemán Wolfgang Welsch, quien a fines de la década de los noventa afirmaba que “la integración es una identidad transcultural, siempre y cuando logre desarrollarse positivamente”. En este sentido, Ateş plantea que en las sociedades globalizadas actuales el encuentro y la experiencia de vivir con otras culturas se ha vuelto un componente esencial de nuestra propia vida. De esta manera, la idea de transculturalidad y aceptación del otro en su diferenciaconstituye un camino posible para el entendimiento entre culturas dentro del mundo contemporáneo.

Sin embargo, el fenómeno de la inmigración no es exclusivo de Alemania, pues como se ha visto en los últimos meses –también, motivado por la llegada de refugiados a Europa- la discusión acerca de la integración de la población migrante está muy presente en el debate actual. Países como Francia, Inglaterra, España o Bélgica han sido a lo largo de la historia, y lo siguen siendo, importantes receptores de población extranjera debido tanto a sus vínculos coloniales con otros continentes (motivos históricos) como a la necesidad de trabajadores dispuestos (motivos económicos). Por su parte, Latinoamérica tampoco se queda ausente en este debate, como lo vemos en el caso chileno actual. No obstante, más allá de las cifras, éste es un fenómeno que afecta a seres humanos, tanto a aquellos que han dejado sus países de origen para comenzar una vida en un nuevo país como a aquellos que reciben al inmigrante. Y es justo allí, donde el concepto de patria cobra un significado muy importante.

En su libro de 2013, la abogada y activista Seyran Ateş analiza el concepto de patria(Heimat) desde una perspectiva amplia. De esta manera, plantea que asociar este concepto exclusivamente al contexto de lo nacional y a unas raíces que se vinculan a la pertenencia del individuo a un único territorio supone una mirada estrecha de lo que implica realmente la idea de patria. “En la medida que asociemos patria a un pensamiento nacionalista y a un patriotismo ciego, este concepto provee la legitimación del odio, el racismo y la guerra” (Ateş, 29). En esta misma línea, propone abrir la idea de patria a un horizonte mucho más amplio, donde este concepto se vincule más con la identidad, las experiencias, la(s) lengua(s), la cultura y los recuerdos que componen la trayectoria vital de una persona. En este sentido, Ateş sugiere que la patria puede ser una elección personal que no debiese estar determinada por el país de nacimiento del individuo sino, más bien, por las experiencias, nexos e intercambios que implica la vida dentro de un mundo globalizado. “No me imagino ningún pedazo de tierra al pensar en la idea de patria. Nuestro mundo está ya construido sobre la base de un concepto de patria (Heimat) muy estrecho, un concepto que se orienta muy fuertemente al lugar de nacimiento, al origen, a la así llamada Vaterland, a la lengua materna. Esas son ideas anticuadas, que actualmente están en proceso de cambio. Lo queramos o no. La globalización diluye las fronteras, también entre lo propio y lo ajeno, y hacemos bien en cuestionar dogmas actuales si es que no queremos ser pasiva y ciegamente arrollados por el futuro” (Ateş, 31-32).

Otra de las tesis que propone Ateş en su libro, es que la integración de los inmigrantes suele dificultarse debido a que las políticas migratorias se plantean, en el mejor de los casos, desde la perspectiva del multiculturalismo: coexistencia de diversos grupos étnicos dentro de una sociedad en un entorno de respeto, pero sin generar diálogo entre las partes. Tal enfoque ha tendido a generar brechas dentro la población, pues no ha facilitado el cuestionamiento acerca de lo propio y lo ajeno. Desde este enfoque se ha ignorado el hecho de que inevitablemente la convivencia entre diversos grupos étnicos, culturales y/o religiosos dentro de un mismo país, estado o ciudad genera intercambio entre los mismos. Los encuentros y desencuentros constantes entre un grupo y otro generan cambios recíprocos, tanto en aquellos que llegan desde otro territorio a establecerse en el nuevo país, así como en aquellos que reciben al inmigrante. Pues, por más que se quiera evitar el contacto o ignorar la presencia del otro diferente, su presencia en el país de acogida impacta la forma de vivir en sociedad. De pronto, se abren nuevos mercados en el barrio, se venden productos “exóticos” en el supermercado, se hablan lenguas extranjeras en el metro o se escuchan otros acentos de la misma lengua en el ascensor del edificio. Nuestros hijos tienen compañeros o amigos en la escuela que hablan más de una lengua o practican distintas religiones. Frente a este escenario, es imprescindible que las políticas públicas y las organizaciones sociales fomenten el intercambio y el reconocimiento del otro, para superar prejuicios e inhibir que el inmigrante se aísle en un microcosmos dentro del país de acogida. Se trata de evitar guetos que finalmente afecten la convivencia de todos, puesto que muchas veces el gueto implica aislamiento por parte del migrante, genera estereotipos por parte de la sociedad de acogida y profundiza prejuicios racistas injustificados.

Evitar el miedo a lo diferente implica evitar el desconocimiento acerca de lo ajeno y abrir puentes de comunicación entre las diferentes culturas que habitan una sociedad. Reconocer que ciertas prácticas o hábitos de la población migrante son tan válidas como las habituales en la sociedad de acogida es un pilar fundamental para iniciar un entendimiento entre las partes. Y es justo allí, donde las autoridades y sus instituciones tienen un rol fundamental a la hora de generar políticas y acciones relativas al tema de Extranjería y Migración.

Pues, así como la mayoría entiende el concepto de patria ligado al lugar donde se ha nacido, donde se han creado las primeras imágenes del mundo, donde se han generado los primeros recuerdos, allí donde está la familia más cercana o los amigos y amigas de infancia, así también un día podemos decidir emigrar y escoger un nuevo lugar donde residir, donde establecernos y generar nuevas raíces que nos sostengan y nos permitan seguir creciendo como seres humanos. Este lugar sería, en este caso, nuestra patria elegida. Y puesto que somos libres y tenemos derecho a escoger el rumbo de nuestra vida en la medida en que no dañemos al otro, por tanto, es posible encontrar una nueva patria que conviva con aquella que siempre llevaremos dentro de nosotros, en nuestros recuerdos, en nuestra mirada o en nuestros sentimientos. Pues, la patria elegida no implica pérdidas sino, más bien, la ganancia de nuevos horizontes.

 

Fuente: El Mostrador